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Cali-grafías. La ciudad
letrada
Compiladores: Fabio Martínez
y Hernando Urriago.
El
25 de julio de 1536,
Sebastián Moyano, llamado
Sebastián de Belalcázar,
fundó la ciudad de Santiago
de Cali. El conquistador
español, que hacía parte de
las huestes de Francisco
Pizarro, había subido desde
el Perú arrasando pueblos
indígenas y creando
ciudades. En aquella
vertiginosa carrera de
posesión del paisaje,
Belalcázar dio origen a
Quito, Guayaquil, Popayán y
Cali.
El
25 de julio de 1536,
Sebastián Moyano, llamado
Sebastián de Belalcázar,
fundó la ciudad de Santiago
de Cali. El conquistador
español, que hacía parte de
las huestes de Francisco
Pizarro, había subido desde
el Perú arrasando pueblos
indígenas y creando
ciudades. En aquella
vertiginosa carrera de
posesión del paisaje,
Belalcázar dio origen a
Quito, Guayaquil, Popayán y
Cali.
Como la mayoría de los
conquistadores que llegaron
a América, él era oriundo de
Gahete, un pueblo perdido de
Extremadura; era pastor de
cabras, y, a diferencia de
Gonzalo Jiménez de Quesada,
que fue un hombre ilustrado,
Belalcázar era analfabeto.
En el valle dominado por el
cacique Petecuy y su hija
Nanine, Belalcázar y sus
hombres, en nombre del rey
Carlos V, bautizó a esta
ciudad como Santiago de
Cali: Santiago, en honor al
apóstol de Castilla; Cali,
por los terrenos de calizas
que se extendían al norte de
la ciudad, en la frontera
con los indios yumbos.
El gran valle estaba bañado
por seis ríos que descendían
de los Farallones, y que
desembocaban en el río
madre, llamado Caucayaco,
que atravesaba la región de
sur a norte. Al sur vivían
los indios xamundíes, pances
y lilíes; al oriente, los
indios malagana; al
occidente, en las
estribaciones de los cerros,
tenía asiento el indio
Petecuy, que, según la
leyenda negra, acostumbraba
a secar las pieles de sus
enemigos sobre horcones; y
al norte, habitaban los
indios yumbos.
Eran tribus seminómadas que
vivían de la cacería y la
pesca, con una organización
social mínima, que fue
utilizada por los españoles
para doblegarlas con
facilidad. Algunas tribus
eran violentas, y se
mantenían haciendo la guerra
a las tribus vecinas. Otras,
eran pacíficas y sibaritas,
que preferían vivir
solazándose en las orillas
del río, comiendo pescado
ahumado que asaban en
barbacoas, fumando tabaco y
abarraganándose con las
indias
Muchas tribus cultivaban el
maíz y tenían un desarrollo
importante en la cerámica y
la orfebrería, como los
Calima y los Malagana; pero
muy poco se sabe de la
existencia de una tradición
escrita, como sí la hubo
entre los indios náhuatl de
México.
Por esto podemos decir que
después de la llegada de los
españoles, la lengua que se
impuso en esta región y en
el resto de nuestro
territorio fue el
castellano, a través de los
misioneros franciscanos y
dominicos, que se encargaron
de adoctrinar al
cristianismo a miles de
indígenas que tenían fe en
los astros y en los
fenómenos de la naturaleza.
Poco a poco, la lengua
castellana fue desplazando a
las lenguas vernáculas hasta
convertirse en la lengua de
un pueblo, de un país y de
un continente. Además, el
proceso profundo de
mestizaje, que fue
particularmente intenso y
extenso en la región, ayudó
no sólo a la formación
multiétnica sino que
contribuyó a propagar y
fortalecer la lengua
castellana.
Con el arribo de Belalcázar,
comenzaron a proliferar en
el valle los criollos, es
decir, los hijos de
españoles nacidos en tierra
americana; los mestizos,
hijos del cruce de español e
indígena; los mulatos,
mezcla entre el español y la
negra; y los zambos, hijos
del cruce entre el negro y
la indígena. Esto sin contar
la amplia gama cromática que
se extiende desde los
albinos y los moriscos,
pasando por los galfarros,
los jíbaros, los barcinos,
los cambujo, los salta
atrás y los
cuarterones.
Lo cierto es que toda
aquella amalgama de razas,
etnias y costumbres se
unificó alrededor del
castellano: en primera
instancia, por la fuerza de
las instituciones
eclesiásticas; y, en segundo
lugar, por el poder de las
instituciones virreinales.
En este sentido, los
primeros caleños que
tuvieron acceso a la lengua
castellana fueron los hijos
de los españoles nacidos en
el valle, que por su
pertenencia a una clase
privilegiada, pudieron
asistir a las instituciones
académicas fundadas por los
religiosos. Entre otras
cosas, los criollos, debido
a su formación ilustrada y a
los viajes, fueron los que
en el siglo XIX lideraron el
proceso de Independencia
frente a España. Los
mestizos, dada su condición
de hijos de españoles,
también se favorecieron en
este proceso de apropiación
de la lengua. Por el
contrario, los indios, los
negros y los zambos tuvieron
grandes
dificultades en este
complejo proceso, y aunque
fueron discriminados social
y culturalmente, sólo a
partir de la segunda mitad
del siglo XIX pudieron
asistir a las primeras
escuelas públicas creadas
por los gobiernos liberales.
No obstante, este proceso
complejo de apropiación de
una lengua extranjera dio
como resultado el
surgimiento de una
literatura en la ciudad y en
el país.
Por supuesto, antes del
siglo XIX hubo
manifestaciones escritas;
sobre todo por parte de los
criollos, quienes tuvieron
acceso a la academia y
lideraron importantes
proyectos científicos y
políticos. Aquí es necesario
destacar la labor de
personalidades del gran
Cauca que en su tiempo
fueron protagonistas
nacionales: el científico
payanés Francisco José de
Caldas y el político caucano
Camilo Torres, que
descollaron en la Expedición
Botánica y en los
acontecimientos de 1810,
respectivamente.
En el campo de las letras,
es necesario destacar
durante la segunda mitad del
siglo XIX el trabajo de los
bugueños Luciano Rivera y
Garrido y Leonardo Tascón,
quienes a través de sus
crónicas -publicadas en los
diarios de la época-
describieron por primera vez
el paisaje y las costumbres
del hombre vallecaucano.
Sin embargo, nuestra
literatura propiamente dicha
comienza con dos hombres
mestizos que tuvieron una
formación académica sólida:
Jorge Isaacs y Eustaquio
Palacios. Jorge Isaacs cursó
sus primeros estudios en
Popayán, y luego ingresó al
colegio Lorenzo María Lleras
de Santa Fe de Bogotá.
Eustaquio Palacios, por su
parte, adelantó sus primeros
estudios en el Convento de
los Franciscanos de Cali y
después hizo estudios de
Derecho en Popayán. El
primero quería estudiar
medicina en Londres, pero la
quiebra de las haciendas del
Valle del Cauca dio al
traste con este ideal; el
segundo logró doctorarse en
Derecho. Jorge Isaacs
escribió María, la
primera novela romántica de
América, mientras que
Eustaquio Palacios
escribió El alférez Real.
Si bien ambas obras
describen el paisaje de la
hacienda vallecaucana, sus
páginas marcan el comienzo
de la ficción literaria en
la ciudad. Luego, en el
tránsito finisecular entre
los siglos XIX y XX, vendrá
la obra poética y narrativa
de Isaías Gamboa, quien
pasará a la historia de la
literatura de Cali con su
novela La tierra nativa.
Estas tres primeras obras de
la literatura caleña son el
resultado de apropiación de
una lengua por parte de las
nuevas élites ilustradas del
país, y comportan dos rasgos
en común que las une entre
sí: primero, describen el
paisaje de la región;
segundo, son el producto de
una pequeña ciudad aislada
geográfica y culturalmente
del país y del mundo.
La
llegada del ferrocarril: los
primeros signos de
modernidad
Ante el auge del café y la
posibilidad de tener una
salida al mar para las
exportaciones, en la segunda
década del siglo XX se
termina el tramo del
Ferrocarril del Pacífico.
Los rieles del ferrocarril
por donde comienzan a
transportarse cientos de
bultos de café, vienen desde
La Felisa, Caldas, pasan por
Cali y arriban al puerto de
Buenaventura hacia el
exterior. Este flujo de
mercancías va a desarrollar
la ciudad, y entonces Cali
pasará de ser el pequeño
villorrio de treinta mil
habitantes que viviera Jorge
Isaacs, a convertirse en una
incipiente urbe de setenta
mil habitantes, abarrotada
de comerciantes paisas que
decidieron instalarse en la
ciudad para administrar
desde allí las exportaciones
que salían al mundo. Aun
así, Cali seguía siendo una
pequeña villa de carácter
agrícola y artesanal, donde
aún no se perfilaban signos
de industrialización. Este
periodo dio como poetas a
Antonio Llanos y Mario
Carvajal, quienes absortos
por la
belleza del paisaje y
ensimismados por la religión
católica, continuaron
cantándole a su terruño y
haciendo odas espirituales
que contrastaban con los
vientos nuevos de la poesía
colombiana que se anunciaban
en poetas como Porfirio
Barba Jacob, Luis Vidales y
Aurelio Arturo.
Es a partir de finales de
los años 30 que en la ciudad
empezará un proceso de
industrialización que tiene
su punto más alto en la
década del sesenta. La
primera empresa creada en la
ciudad es la industria de
textiles La Garantía. A
partir de allí se instalarán
en el barrio San Nicolás las
primeras industrias de
calzado, pinturas y
alimentos; más tarde, en la
zona de Yumbo, habrá las
industrias de cemento, de
llantas y de productos
farmacéuticos.
Durante este periodo, pese
al desarrollo económico que
se vislumbra, Cali sigue
arrastrando en su seno los
dos lastres que la marcaron
desde la época de la
Colonia: su espíritu
provinciano y su aislamiento
neocultural que no le
permitieron estar a la
vanguardia de los
principales movimientos
culturales del país. Así,
mientras que en ciudades
como Bogotá existía una gran
agitación literaria heredada
del grupo El Mosaico y del
poeta José Asunción Silva; o
en Medellín se creaba el
movimiento de los Panidas
alrededor de la figura de
León de Greiff, Cali
languidecía con su poesía
bucólica y religiosa, propia
del siglo XIX.
La
ciudad y la década del
sesenta
Es a partir de los años
sesenta que podemos hablar
con certeza de una
literatura caleña. Ante la
ebullición de una ciudad que
crece a pasos de gigante,
los poetas y los narradores
comienzan a metaforizar la
ciudad y a simbolizarla a
través de sus escritos.
Como muchas villas de
provincia del continente,
Cali hace parte de aquel
auge que viven las ciudades
latinoamericanas. La ciudad
hierve económica y
culturalmente; de Estados
Unidos llegan los vientos
del movimiento hippie
y del rock; de Francia
vienen las ideas de Sartre,
el psicoanálisis, la
semiología y el cine; desde
Cuba se escuchan los vientos
de la revolución y la música
afro-antillana. Finalmente,
de España y Argentina llega
la literatura del boom
latinoamericano. En este
marco, Cali deja de ser muy
pronto la arcadia colonial,
y se convierte en una ciudad
pujante y vibrante donde la
música y las nuevas ideas
señalan el sendero hacia la
utopía.
De las barriadas populares
surgen jóvenes
contestatarios como los
nadaístas, quienes al mando
de Jota Mario Arbeláez y
Elmo Valencia, "El Monje
loco", queman libros y
rompen con los símbolos de
una ciudad provinciana y
religiosa. De los barrios
San Antonio y Obrero surgen
jóvenes narradores como
Óscar Collazos y Umberto
Valverde, y siendo leales a
la influencia que en ellos
ejerce la música del Caribe,
al ritmo de Son de
máquina y Bomba
camará comienzan a
recrear literariamente las
calles, los bares y los
barrios de Cali. Del barrio
Santa Rosa emergen Arturo
Alape y Rodrigo Parra
Sandoval, quienes inquietos
por la situación del país
hablan de Las muertes de
Tirofijo e inventan -no
sin ironía- El álbum
secreto del Sagrado Corazón.
De la magia del teatro nace
el poeta y dramaturgo
Enrique Buenaventura,
mientras que de la academia
universitaria surgen voces
como las de Fernando Cruz
Kronfly, María Elvira
Bonilla y Hernán Toro,
cantando los amores y
desamores de una Cali que
vendría a modernizarse
después de los Juegos
Panamericanos de 1971. De
la provincia vallecaucana
llegan jóvenes poetas y
narradores como Harold
Alvarado Tenorio y Gustavo
Álvarez Gardeazábal, que
inflamados de ideas nuevas
comienzan a poetizar y a
relatar la ciudad.
Los años sesenta
significaron una época de
libertad utópica y de
creación artística y
literaria. Fue en este
maravilloso contexto donde
se consolidó la literatura
caleña, y al ponerse a la
vanguardia del movimiento
nacional e internacional, la
urbe rompió con las viejas
taras que venían de la
Colonia.
En esta época, la poesía y
la narrativa caleña le
cantan a la vida; ponen en
tela de juicio el problema
de la existencia humana; se
dejan seducir por los
tambores de África, y
tomando como estilo un
lenguaje coloquial, le
hablan a la calle, a los
amores perdidos y, por
supuesto, al barrio.
Los
años del miedo
Luego vendrán los años
ochenta. Los años del miedo.
Los años de las torturas y
las desapariciones forzosas.
Los años en los que las
mafias del narcotráfico,
apoyadas por grandes
dirigentes de la política
nacional, comienzan a
consolidar la hoguera de las
vanidades en todas las
ciudades del país,
convirtiendo a urbes como
Cali y Medellín en
cementerios amarillos.
Estos serán los años donde
la utopía, como un pájaro
herido, para parafrasear una
canción de la época, cae,
cediéndole el paso a los
buitres de la narcopolítica,
quienes enseguida desangran
la ciudad, hasta el punto de
transformarla en lo que
alguna vez el maestro
Estanislao Zuleta llamó la
"llanura prosaica".
La década siguiente fue
inaugurada por una nueva
Constitución. En los años
noventa, las minorías
étnicas alcanzan un
protagonismo importante en
la ciudad, al tiempo que la
globalización sentenciará a
muerte a algunas de las
industrias de la ciudad para
desplazarlas a regiones más
competitivas. Esto traerá
como consecuencia que Cali,
siendo una ciudad industrial
por excelencia, baje de
categoría y se convierta en
una ciudad de prestación de
servicios.
Del sueño ilusorio de la
utopía caímos en la
pesadilla de los carros
bombas y la limpieza social;
del sueño ideal de los
poemas que loaban el amor o
de los cuentos de
bailarines, pasamos a los
poemas deletéreos y a los
cuentos de bandidos y
calanchines. De los
poemas que le cantaban a una
ciudad en progreso pasamos a
las rancheras, los
réquiem y los
obituarios.
En el cambio de siglo y de
milenio hay que afirmar que
la literatura caleña cambió
de color: el verde de
nuestro paisaje se degradó
al rojo de los asesinatos;
del infierno rosado de Luisa
que ilustrara Enrique
Cabezas Rher, pasamos al
Embarcadero de los
incurables de Fernando
Cruz Kronfly. De Que
viva la música de
Andrés Caicedo saltamos
directamente a Quítate
de la vía, perico de
Umberto Valverde. Del poema
con remanentes bucólicos
pasamos a un erotismo sin
tapujos donde el verso se
juega la vida en una
esquina, en un bar o en el
lienzo de un paisaje tan
incierto como el destino de
una ciudad de desplazados y
de políticos indolentes.
En esta época de grandes
cambios e incertidumbres,
los escritores caleños ya no
nos dejamos persuadir por
Chesterton, Joyce o Borges
sino por Bukovski, Ellroy o
el escritor mediático y
prestidigitador virtual.
Como la literatura parisina
del siglo XVIII o la
literatura londinense del
siglo XIX, la literatura
caleña del siglo XXI nace en
los huecos negros de su
propia ciudad. |