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Hechicerías. Óscar
Osorio
Gatina
recibió el cargamento con un
ostensible gesto de
satisfacción y una risa
burlona. De unos anaqueles
desvencijados y sucios, tomó
unos frascos empolvados y
los puso sobre una piedra
plana ubicada en la olla de
los hechizos mientras decía
mágicos conjuros. La olla
estaba puesta sobre una
enorme hoguera y de ella
salía un humo nauseabundo
que obligó al inquieto gato
a retirarse a prudente
distancia. Cuando el
menjurje prodigioso estuvo
listo, Gaina lo vertió en la
minúscula huerta de tierra
encantada que había en el
rincón oscuro de la caverna
y allí sembró las plumas. Se
irguió sobre el cultivo y
escupió varias veces,
mientas rezaba maleficios.
Una vez terminado, le dijo a
Guato que bebía esperar
siete horas para recoger la
cosecha.
El impaciente minimo salió
de la cueva a conversar con
su amigo Pequies, que se
había quedado en la misma
montaña de la vez anterior.
Pasado el tiempo indicado
por la bruja, floreció el
plumaje maravilloso. El gato
entró cuando la hechicera lo
cosechaba en la canastilla
de mimbre. La gata fatal
tejió, con hilo embrujado,
un vestido de ave y se lo
puso al ansioso felino,
devorándole una se sus
vidas, según lo acordado. |