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La ficción vallecaucana en el
siglo
XX
Por: Darío Henao Restrepo
En el mes de mayo
de 1923, antes del famoso
terremoto que azotó a la región
de Kanto en el Japón, zarparon
cuatro jóvenes del puerto de
Yokohama. Su rumbo era el puerto
de Buenaventura, al cual
arribaron al cabo de 40 días con
grandes ambiciones. Uno de esos
cuatro japoneses era el señor
Shima, quien con la ilusión de
emigrar a Suramérica, puesto que
era el último de una familia
pobre de siete hermanos, ingresó
a la Escuela de Colonización de
Ultramar. Allí tuvo la
oportunidad de leer María
de Jorge Isaacs, traducida por
el señor Takeshima en la revista
Nueva Juventud.
La obra cautivó
al jóven que no dudó en
contagiar a sus amigos que no
vacilaron en emprender su viaje
a ese Valle de Cauca que era
recreado como un paraíso en la
ficción de Isaacs. A trabajar
como obreros en el Ingenio
Manuelita, precisamente en las
tierras que habían sido
propiedad del padre de Isaacs y
luego compradas por Santiago
Eder, llegaron estos cuatro
jóvenes. Ellos serían los
promotores de la inmigración del
primer grupo de familias
japonesas al Valle del Cauca
cuyo ejemplo fue seguido por
muchas más a lo largo de las
décadas siguientes. El influjo
de esta inmigración fue decisivo
para el desarrollo del
capitalismo en la agricultura
del Valle del Cauca.
Para la historia
de la ficción en esta región
puede resultar paradójico
destacar este episodio de
incidencia progresista de
María, pues contrasta con el
influjo conservador que
ejerciera hasta los años 60
cuando provocó la rebeldía de
los nadaistas caleños que se
atrevieron a quemar la novela al
lado de la estatua de Efraín y
María en los márgenes del río
Cali. Este acto de iconoclastia,
como otros en la década del 50
por algunos miembros de la
llamada generación de Mito, lo
que ponía en cuestión era la
insostenible recepción
tradicionalista de la novela que
se impuso durante décadas en las
instituciones educativas y
publicaciones de la región. El
inventario de obras de ficción
que va de Tierra Nativa
(1903) de Isaías Gamboa a
Viento Seco (1953) de Daniel
Caicedo es muy pobre y escaso.
Algo muy
explicable si se tiene en cuenta
la hegemonía de una cultura de
aldea y campanario en la que
predominó un romanticismo
rezagado, un rígido
neoclasicismo y un modernismo
discreto regado de mucha
escolástica. Este campo
intelectual operó cual campana
neumática y por eso se explica
en buena parte la ausencia de un
género moderno por excelencia
como la novela.
No había, pues, ni un universo
de valores laico, ni mucho menos
un público amplio compenetrado
con esos valores, como tampoco
editoriales y mucho menos la
valorización de la palabra
escrita frente a la cultura
oral. En consecuencia, como lo
señala el novelista Fernando
Cruz Kronfly al referirse al
contexto de María y De
Sobremesa que se mantuvo
durante varias décadas de este
siglo,
para una población analfabeta y
alejada de una visión laica del
mundo, para la cual no existe la
idea del hombre como
individualidad y aventura, la
novela resulta un imposible.
Hay razones
históricas y sociológicas para
comprender la pobreza de nuestra
creación ficcional hasta los
años 60. El proyecto creador es
inevitablemente afectado por el
sistema de relaciones sociales
en las cuales se realiza la
creación como acto de
comunicación, o más
precisamente, por la posición
del creador en la estructura del
campo intelectual. En el caso
particular del Valle del Cauca,
con sus incipientes procesos de
modernización en las primeras
décadas de este siglo, una
mirada a la vida intelectual
muestra su fuerte sujeción a la
tutela de las élites señoriales
y de la Iglesia, de sus valores
éticos y estéticos. Por lo
tanto, una actividad tan libre y
laica como la creación ficcional
se ahogaba ante el peso de este
insconsciente cultural tan
estrecho, sin ninguna
posibilidad de contar con
instancias específicas de
selección y de consagración
propiamente intelectuales.
Si tomamos, por
ejemplo, una antología como
Algunos prosistas del Valle,
que se ocupa desde la colonia
hasta primera mitad de este
siglo,
sobre éstos últimos, con raras
excepciones, se percibe que
estuvieron al margen de las
nuevas corrientes del arte y el
pensamiento del siglo XX. Como
si ocurrió con las vanguardias
en México, Brasil, Argentina,
Chile, la élite intelectual
vallecaucana no se dio por
enterada, y mucho menos
incorporó a su labor, los
resultados de las
investigaciones antropológicas y
etnológicas (valorización de las
culturas aborígenes, de los
procesos de mestizaje, pérdida
de la centralidad europea),
sicoanalíticas (importancia de
las camadas profundas de la
estructura síquica) y físicas
(relatividad del espacio y del
tiempo, participación del átomo)
etc.
Por esto no se constituyó un
campo intelectual dotado de una
relativa autonomía sin ninguna
otra presión que el de las
exigencias constitutivas de su
proyecto creador.
Los procesos de
modernización que se consolidan
en los años 50 y 60, con la
industrialización y el
crecimiento urbano de Cali y de
varias de las ciudades
intermedias del Valle, van a
crear las condiciones para la
modernidad cultural y literaria.
Los intelectuales empiezan a
adquirir autonomía como
tendencia específica de cuerpo.
Para quienes se dedicaron a la
ficción, la revaloración de
María fue una manera se
situarse frente a la tradición.
Nuevas y más rigurosas
interpretaciones le despejan el
campo intelectual a una
cosmovisión moderna como
condición sine quanom
para la creación ficcional. Se
puso en cuestión la
identificación que por décadas
la crítica y los manuales de
enseñanza hicieron de Isaacs
con Efraín, el infortunado héroe
romántico de la novela. Sobre
esta falsa identificación se
edificaron interpretaciones que
magnificaban la estructura
patriarcal y su cosmovisión
premoderna. Isaacs era de un
temperamento ardiente y osado.
En cambio Efraín
es un pusilánime que pierde a su
amada para siempre por no
rebelarse contra la autoridad
paterna que le impone un viaje
de estudios en el extranjero y
lo separa de ella. Éste no es
Jorge Isaacs. Él la hubiera
raptado y de haber sido
necesario se hubiera abierto
paso a pistoletazos en El
Paraíso con la dulce María
desmayada en sus brazos. Más
bien Jorge Isaacs es María,
quien decide morirse antes que
continuar viviendo sin amor. Esa
es la forma que adopta su única
rebeldía posible frente a la
autoridad patriarcal. Esta
decisión la tomó mil veces en la
vida Isaacs, cada vez que se
alzó en rebelión por los ideales
liberales en su patria. La
muerte de María es la muerte que
en definitiva él hubiera
preferido ante el fracaso de sus
ilusiones políticas y sociales.
En este sentido, para el
novelista Rodrigo Parra
Sandoval,
la sociedad
señorial es el ave negra, la
condición humana es el ave
negra, ella es la culpable, sus
leyes están por encima de la
voluntad del hombre. En estas
condiciones María no se podía
salvar.
Como novela
paradigmática para la narrativa
posterior es inevitable no
establecer una línea de
evolución que muestre como los
códigos establecidos en María
se diferencian, se transforman,
se absorben o se reescriben en
la obras de ficción posteriores.
Algo hay de intertextualidad
como sinonimia o antonimia,
según los conceptos de Rifaterre,
del universo de María al
de Viva la Música de
Andrés Caicedo, Bomba Camará
de Umberto Valverde, El Bazar
de los idiotas de Gustavo
Álvarez Gardeázabal, Falleba
de Fernando Cruz Kronfly, El
albúm secreto del Sagrado
Corazón de Rodrigo Parra
Sandoval, o El Valle
encantado de Fabio Martinez.
En la primera
novela vallecaucana de este
siglo, Tierra Nativa
(1904), se percibe la extensión
de muchos de los clichés del
romanticismo sin tener los
logros e intensidad de María.
Como lo anota Raymond Williams,
Gamboa se vale de los mismos
códigos: una historia de amor
entre un narrador - protagonista
y la heroína Marta, la
separación, las descripciones
paradisíacas del Valle del
Cauca, el incesto y la
caracterización de la
protagonista como reflejo de las
virtudes de la Virgen María.
Los estereotipos
tradicionalistas fueron la
fuente de muchos relatos como la
novela corta, Mariana
(1917) de Ramón Franky,
Amelia (1924) de Guillermo
Franky, La tierra desnuda
(1920) de Gregorio Sánchez
Gómez, Eufrosina de
Alejandría (1924) de
Francisco María Rengifo y
Ruta negra (1939) de Antonio
Gamboa. Estas ficciones no
pasaron de ser intentos
fallidos, muy distantes de
poder ser consideradas
verdaderas obras narrativas y
cuya importancia hoy es más
documental que estética.
La ficción
moderna se inicia en la década
del 50 con los cuentos y
novelas de Alberto Dow Dow que
incursiona en lo fantástico, lo
policial, la ciencia ficción y
la problemática urbana de la
vida cotidiana.
Un fenómeno como el de la
violencia que se desata en el
país después del Bogotazo en
1948 a raíz del asesinato de
Jorge Eliécer Gaitán, también va
a ser materia de ficción para
algunos novelistas. En 1953,
Daniel Caicedo publica Viento
Seco, una de las novelas
sobre el asunto más leidas en su
momento.
La llegada de un
grupo armado a una pequeña
vereda campesina, su acción
depredadora sobre la vida y los
bienes de los humildes
moradores, el cerco sobre el
poblado cercano y luego el
doloroso exilio de los
sobrevivientes en la ciudad, es
el tema desarrollado en esta
novela hecha en los moldes del
canon realista. En ella están
contenidas los elementos básicos
que alimentarían toda una línea
temática en la novela
colombiana. En 1969, Gustavo
Álvarez Gardeázabal gana el
premio de cuento Casa de las
Américas con su relato “El día
que volvió León María” que
serviría de base para su novela
sobre la violencia en Tulúa,
Cóndores no se entierran todos
los días.
La producción
novelística de Gustavo Álvarez
es una de las más prolíficas y
leídas en el país. Ha sido
explícito en su proyecto creador
esculcar en la vida y milagros
del Valle del Cauca partiendo de
su Tulúa natal. Desde sus
primeros cuentos - Ana
Joaquina Torrentes y Los
cuentos del Parque Boyacá -
sus novelas del llamado ciclo de
Tulúa, El Titiritero,
El último gamonal hasta
La cicatrices de don Antonio,
toda la obra de
Gardeázabal se construye como
una crítica a la estructuras de
poder en el Estado, la familia,
la milagrería, el gamonalismo,
la universidad, el narcotráfico,
los medios de comunicación y las
catástrofes.
Con aguzada ironía y capacidad
polémica, Álvarez Gardeazábal
forjó un universo ficcional
propio, con un estilo y una
visión inconfundibles.
La generación que
empieza a publicar en los años
60, en pleno auge de los
movimientos sociales y
estudiantiles, la utopía
marxista, la revolución cubana,
mayo del 68, el sicoanálisis y
el existencialismo, los
movimientos por la liberación de
la mujer y la liberación sexual
, los cineclubes y los
festivales de arte y teatro,
surge como un cambio abrupto
respecto de las formas
hegemónicas de ese pobre pasado
y cuando una generación como la
de Mito y luego todo el auge del
llamado “boom” latinoamericano
habían creado un campo
intelectual propicio.
Las relaciones
entre la historia, la política y
la literatura fueron objeto de
reflexiones contemporáneas que
le abrieron nuevas perspectivas
al quehacer novelístico. El
erotismo, en el que habían sido
tan pacatos los novelistas del
pasado, fue abordado de la forma
más amplia posible, con nuevas
miradas en lo filosófico, lo
antropológico y sicoanalítico.
En la obra de Andrés Caicedo,
Álvarez Gardeázabal, Valverde,
Cruz Kronfly, Collazos se
encuentran tratamientos que
rompen definitivamente con los
trazos dominantes de nuestro
conservador imaginario erótico.
La visión reprimida de la
sexualidad, la falsa idealidad
de las virtudes femeninas y
todos los tabúes alrededor de lo
erótico, se hacen añicos en el
desenfado y rebeldía de María
del Carmen en Que Viva la
Música, en el homosexualismo
de muchos personajes de Álvarez
Gardeázabal, en las
transgresiones de esos muchachos
del barrio Obrero de Valverde,
en los triángulos amorosos de
Kruz Cronfly, y en la
exploración de ese imaginario
reprimido e hipócrita que hace
Parra Sandoval en sus novelas.
La ciudad como objeto de
representación literaria es el
otro razgo distintivo de éstos
narradores, que van a explorar
diversidad de temas como el de
las drogas, la rebeldia y la
marginalidad juvenil, el mundo
universitario, los barrios
populares, la música y el cine,
el desarraigo y el desencanto de
la vida citadina, los conflictos
politicos y amorosos, e
inclusive, la exploración de
nuestro pasado histórico con
otras perspectivas.
Esta diversidad
permite la elaboración de un
sistema simbólico por medio de
instrumentos expresivos
adecuados. Se consigue
ficcionalizar, esto es, una
cierta intemporalidad y
universalidad que permite
representar un mundo de
experiencias y suscitar una
visión de mundo.
La obra de Andrés
Caicedo (Cali, 1950-1975),
cuyo suicidio a los 25 años lo
convirtió en un mito, se instala
en la marginalidad juvenil de la
clase media alta desde la que
erige su corrosiva mirada de la
familia, el colegio y la
sociedad señorial en transición
a la burguesa. El mundo de las
drogas, el rock y la salsa, las
pandillas juveniles, el cine y
el teatro, la literatura del
“boom” y la generación beat
conforman el universo que la
ficción caicediana exploró, en
una obra que por su temprana
desaparición no pudo ofrecer los
desarrollos que prometía un
autor de tanto talento como
Caicedo. ¡Que viva la música!
(1977) marcó un hito para la
naciente literatura urbana en el
país. A través del proceso de
desadaptación de su
protagonista, María del Carmen,
una muchacha que se obsesiona
por la música, que vive para y
por la música de la cual goza en
la noche de Cali, la novela
capta todas las ambigüedades e
inconsistencias de un mundo que
el personaje desafía desde su
vida degradada en un prostíbulo
del centro de Cali.
Del otro lado del
río Cali, los jóvenes del Barrio
Obrero van a ser los
protagonistas de los 10 cuentos
que conforman Bomba Camará
(1972) de Umberto Valverde
(Cali, 1947). Rodeados por la
pobreza, las ganas de
sobresalir, la euforia de la
rumba, la vitalidad que los
empuja a ser reconocidos, estos
jóvenes son captados en estos
relatos en su intimidad
marginada y agredida con una
gran eficacia y economía verbal.
En Celia Cruz, reina rumba
(1981), Valverde vuelve a su
Barrio Obrero, ahora alternando
la biografía novelada de la
cantante cubana con su
autobiografia y la memoria de
sus amigos para los cuales Celia
es un ídolo. La obra de Valverde
se sitúa en la perspectiva del
desgarramiento de hijos urbanos,
hijos de obreros, artesanos y
hombres y mujeres del pueblo,
que de repente comprenden que
deben huir de su amado barrio,
salir de los adorables lugares
de la infancia.
Las novelas de
Rodrigo Parra Sandoval
(Trujillo, 1937) que integran el
ciclo de las historias del
paraíso, en tono antisolemne,
desacralizador y experimental,
apuntan a la otra cara, la
desconocida o encubierta del
“paraiso” de María de
Jorge Isaacs.
Sus ficciones desmitifican la
grandilocuencia oficial y el
trascendentalismo dramático o
melodramático que nos define. La
permanente utilización de la
parodia, la orgía de voces, la
caricatura de los discursos y la
permanente mirada al erotismo y
al humor a través de la ironía,
hacen que la novelística de este
autor, como lo anota Luz Mery
Giraldo, esté elaborada a partir
de la perspectiva bufonesca:
es a la
par que juegos de lenguaje y
fragmentos de anécdotas o de
historias altamente dramáticas o
trágicas, una burla consciente
de lo anterior, un ataque a la
moral pacata, una censura a las
censuras, una mirada atenta y
aguda a las diversas formas de
violencia ideológica y cultural
de nuestra experiencia
cotidiana.
En su
última novela, Tarzán y el
filósofo desnudo (1998), a
lo largo de 525 páginas
asistimos a la irónica y
carnavalizadora visión de la
intelectualidad colombiana,
caleña, en particular la de los
años 70, en medio de la burla,
la risa, la carreta filosófica y
las más disímiles asociaciones y
aventuras de un filósofo caleño
en el país del Sagrado Corazón.
La lectura de la
obra ficcional y ensayística de
Fernando Cruz Kronfly (Buga,
1946) nos depara ante un trabajo
de gran madurez intelectual y
una paciente elaboración
poética.
Adentrarnos en ella nos permite
comprobar unos hilos y
preocupaciones en todas ellas y
enfrentarnos a lo que Michel
Palencia Roht ha llamado como
las nostalgías topísticas de
Fernando Cruz. Nostalgias
marcadas por ciertos espacios
urbanos y procesos
contemporáneos,
en mitad de los
ruidos, las cacofonías y los
malestares de la ciudad, de los
conflictos políticos y sociales,
de la inseguridad y de la
sociedad.
Este es el mundo de la novela
colombiana de la modernidad, que
en el caso de Cruz Kronfly tiene
un particular acento en la
desesperanza, algo muy propio de
nuestro tiempo que nace de la
ausencia de sentido, pues según
el propio autor, nos esperan
el desamor moderno, la
trituración de la unidad de la
vida, el horror y el vacío, un
sentimiento de inutilidad.
La otra cara, la
esperanza, la otorgan ciertos
proyectos y búsquedas, el
progreso y la perfectibilidad
ética o técnica. La dialéctica
entre el sentido y el sin
sentido en los que navega el
hombre moderno, en los difíciles
e imperdonables mares de nuestro
tiempo, constituyen uno de los
ejes centrales de la poética del
autor de Falleba. Las
voces del amor, la locura, la
muerte y el desencanto son
tejidas en las ficciones de Cruz
Kronfly con gran dominio de las
técnicas de la novela moderna.
Un sentimiento de
desgarramiento, contra la
corriente, al margen del país
oficial, es lo que le da impulso
a su obra.
Arturo Alape
(Cali, 1938) es otro de los
narradores que ha logrado una
importante obra ficcional,
alternando con crónicas y
testimonios de la vida nacional.
La violencia de los años 50, la
vida y peripecias de Tirofijo y
las voces acalladas por la
historia oficial son los grandes
temas que alimentan sus cuentos
y novelas. Armando Romero (Cali,
1944), además de su creación
poética y ensayística, también
ha incursionado en la narrativa,
en la que se destaca su novela
sobre Cali y el Barrio Obrero,
Un día entre las cruces
(1990).
Oscar Collazos (Bahía Solano,
1942), aunque de origen
chocoano, parte de su obra se
alimenta de sus vivencias en
Buenaventura y en Cali. Su libro
de cuentos, Son de máquina
(1968), habitado de seres
desarraigados que no se sienten
ni en familia ni en sociedad, es
pionero de la novelística urbana
que se empezaba a gestar en el
país.
Uno de los más cosmopolitas
escritores de su generación,
Collazos es de los intelectuales
que más debatió sobre el papel y
el compromiso de la literatura
al calor de la influencia de la
Revolución Cubana y de Casa de
las Américas.
Enrique Cabezas
Rehr (Guapi, 1941) es otro
narrador cuya obra se forja de
su experiencia vital en el
Pacífico natal y su vida en
Buenaventura y en Cali. En sus
novelas explora lo erótico con
mucho humor, lejos de una visión
moralista o trascendental, sin
mucha pretensión formal o
sofisticación técnica. Su
novela, Miro tu lindo cielo y
quedo aliviado (1981), verso
de la canción Mi Buenaventura
de Petronio Álvarez, es la
recuperación del amor juvenil de
José y María en medio de las
cicatrices dejadas por la
violencia de los años 50.
Los escritores de
la generación de los 70 -
Gustavo Gonzáles Zafra, Germán
Cuervo, Fabio Martínez, Boris
Salazar, Sonia Truque, Medardo
Arías, Harold Kremer, Sandro
Romero, Alberto Esquivel, Julio
César Londoño y Philib Potdevin
- encuentran un camino despejado
no sólo por sus coterráneos como
por el “boom” latinomericano.
Todos se instalan en la
diversidad de posibilidades de
la novela contemporánea. Muchos
han tenido la oportunidad de
vivir en el exterior, y desde
sus proyectos individuales han
emprendido obras que dan cuenta
de las nuevas realidades
urbanas, sus conflictos y sus
imaginarios. La publicación y
divulgación de sus obras ha sido
producto de que casi todo estos
escritores han ganados premios
internacionales, nacionales y
regionales de cuento y novela.
Es el caso, por ejemplo, del
premio Juan Rulfo de Cuento 1998
a Julio César Londoño por su
relato, Pesadilla en el
hipotálamo.
Con los
importantes desarrollos de los
escritores mencionados, la
ficción en el Valle del Cauca
por fin adquirió madurez y
estatus moderno en las últimas
décadas de este siglo. La
circulación de muchas novelas
vallecaucanas entre el público
lector del país y ciertos
reconocimientos en España y
Latinoamérica de algunos de
estos autores indican que por
fin se creó en esta región, con
todas las dificultades que aún
subsisten para la
profesionalización del escritor,
un campo intelectual autónomo
con proyectos de creación que ya
no dependen de las instancias de
consagración y mecenazgo de las
élites tradicionales. Las nuevas
y complejas realidades de la era
de las comunicaciones y la
informática comienzan a ser
materia para la obra de un
sinnúmero de jóvenes narradores
que apenas se inician en esa
labor tan difícil y necesaria
que es ficcionalizar una
sociedad.
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